Entrevista a Pablo del Pozo

«No me preocupa que mis piezas sean más o menos perecederas; a fin de cuentas, nada es eterno, ni siquiera el planeta»

A pesar de su juventud, Pablo del Pozo (Badajoz, 1994) viene desarrollando durante los úlitmos años una serie de trabajos en los que despliega una gran madurez y coherencia. Avalado por la galería Joan Prats, con la que ha acudido a las dos últimas ediciones de ARCO, del Pozo trabaja con materiales precarios y no le preocupa la durabilidad de sus obras, aunque ya forme parte del difícil (y cruel, según sus propias palabras) mercado del arte. De los materiales le interesa su propia naturaleza, que le sirve de guía a la hora de tomar decisiones formales.

En su obra existen evidentes similitudes con el arte povera, pero Pablo del Pozo prefiere hablar de confluencias, antes que de influencias y confiesa sentir más afinidad con escritores como Becket, o filósofos como Heidegger, de quien toma el concepto de espacio como algo existencial, vital y traumático.

Naciste en Badajoz y estudiaste Bellas Artes en Barcelona, una opción poco habitual entre los artistas extremeños que suelen optar principalmente por Salamanca, Sevilla o Madrid. ¿Qué te llevó a decidirte por esta ciudad?

Las circunstancias de la época. Era 2013, estábamos en plena crisis económica y mi padre tuvo que aceptar venir a Barcelona como consecuencia de un ERE. Justo ese mismo año yo empezaba la universidad, así que no perdí la oportunidad y me vine a estudiar Bellas Artes.

Pablo del Pozo. Horizonte,2018. Escayola, esparto, pigmento y cuerda. Medidas variables.
© Pablo del Pozo. Horizonte,2018. Escayola, esparto, pigmento y cuerda. Medidas variables.

La pintura estuvo muy presente en los proyectos de tus años de formación e incluso tus trabajos actuales también tienen una base pictórica en cuanto al color, la composición, o la forma. ¿Puedes contarnos más sobre esto?

En realidad, mis primeras incursiones artísticas fueron, principalmente, a través del dibujo. La pintura vino más tarde y de manera puntual, cuando ya estaba en la universidad y sentía la necesidad de ser más expresivo con la mancha. Los dos primeros años me dediqué básicamente a pintar; aprendí mucho sobre los códigos pictóricos (composición, color, gesto…), aunque con el tiempo me fui dando cuenta de que lo que más me interesaba —y me sigue interesando— son los procesos manuales —el proceso en sí— y el potencial representativo que tiene la pintura. El material es el que me lleva a tomar decisiones formales, y estas llevan inevitablemente a posibles lecturas. Por ejemplo, si estoy trabajando con carbón y este no me permite crecer en vertical, dejaré que el material me guíe a una pieza más horizontal. Por otro lado, el color me interesa sobre todo en su sentido material, pues la pigmentación no deja de ser un material más.

El material es el que me lleva a tomar decisiones formales, y estas llevan inevitablemente a posibles lecturas. Por ejemplo, si estoy trabajando con carbón y este no me permite crecer en vertical, dejaré que el material me guíe a una pieza más horizontal.

  • Pablo del Pozo. Cuna, 2019. Pino carbonizado y bolindres. 200 x 300 cm Foto: Jordi Garrido
  • Pablo del Pozo. Cuna, 2019. Pino carbonizado y bolindres. 200 x 300 cm Foto: Jordi Garrido


El concepto de espacio tiene una gran importancia en tus obras, principalmente en las de los últimos años, tanto por la manera en la que la obra se relaciona con el espacio en el que se ubica, como por los espacios o vacíos que existen entre las piezas que componen una instalación o dentro de ellas.

Antes de nada, debo decir que he terminado cogiendo algo de tirria a la idea de «espacio» como concepto. En la mayoría de ocasiones suele hacerse un uso abusivo en el mundo del arte para intentar justificar ciertas piezas o proyectos. Cuando pienso en espacio, me viene a la cabeza el término tal y como lo desgranó Heidegger, entendiendo Raumen («espaciar») como el construir, cultivar y habitar. Para él, como para mí, el espacio es algo existencial, vital, traumático y no algo físico, cuantitativo o geométrico. En cualquier caso, como bien dices, sí es cierto que en la mayoría de mis proyectos hay un punto en el que busco que la obra altere y juegue con el espacio expositivo.

En tu trabajo tienen una gran importancia los materiales, algunos tradicionales como el barro o la escayola, y otros encontrados. Suelen ser materiales precarios que te sirven para reflexionar sobre la precariedad que nos rodea en muchos ámbitos y que dan lugar a piezas en ocasiones de mucha fragilidad. ¿Cómo eliges y trabajas estos materiales? ¿No te preocupa la durabilidad o el deterioro que puedan tener tus obras?

Necesito materiales baratos que me permitan mucha producción a bajo precio. Esa misma precariedad material deriva inevitablemente en una fragilidad en la obra. Pero no me preocupa que mis piezas sean más o menos perecederas; a fin de cuentas, nada es eterno, ni siquiera el planeta. Total, para cuando lleguemos a Marte nos llevaremos dos Picassos y un da Vinci y, por qué no, un Van Gogh.

Existen influencias evidentes del arte povera en tu trabajo. ¿Cómo llegaste hasta él? ¿Qué otros artistas o conceptos te influyen?

Yo diría que más que influencias son confluencias. Hay cierto paralelismo en los materiales utilizados y en los modos de trabajar. Actualmente, sigo especialmente la obra de Patricia Dauder, Ester Klas, Katinka Bock y Mònica Planes. De ellas me interesan su sensibilidad simbólica y su modo de trabajar con los materiales, dejándolos hacer por sí mismos y viendo como estos se comportan según su naturaleza. Aun así, últimamente estoy sintiendo más afinidad con escritores que con artistas; recientemente, he estado leyendo a Beckett, cuya obra está siendo un punto de partida para un nuevo proyecto en el que estoy trabajando ahora mismo.

En cuanto a la vertiente conceptual, me baso tanto en mi experiencia frente al entorno inmediato como en los grandes «qués»: ¿quiénes somos?, ¿a dónde vamos y por qué?, ¿qué nos rodea?

El mercado del arte en España es casi inexistente y el poco que hay, cruel.

En algunos proyectos trabajas en torno a la memoria y al pasado, con referencias a la arqueología, pero también a tus recuerdos y a tu condición de emigrante. ¿Podrías hablarnos sobre estos proyectos?

Es cierto que muchos de mis proyectos surgen de cierta morriña. El que considero como mi primer proyecto, Polvo, partió de un recuerdo muy concreto. En ese momento, llevaba tiempo sin regresar a Extremadura y para cuando pude volver fue para el entierro de mi abuelo. Al regresar a Barcelona, no podía quitarme de la cabeza el color del paisaje extremeño, su peso, el ocre de los campos en verano, la polvareda de mi casa de Badajoz… Al mismo tiempo, en mi taller no paraba de acumularse polvo. El proyecto surgió de un trabajo de la memoria y, paradójicamente, del olvido como muerte. Al mismo tiempo, partí de la asociación tierra-casa-taller y de la relación entre el paisaje y los materiales que me ofrecía mi tierra de origen: el picón que se utiliza para calentar las casas, las piedras de los descampados, la tierra de los huertos, etc.

Has estado presente en las dos últimas ediciones de ARCO con la galería Joan Prats, ¿cómo ves el mercado del arte en España en la actualidad?

Aunque el hecho de que ir, a mi edad, con una galería como Joan Prats es una suerte de la que muchos no gozan, el mercado del arte en España es casi inexistente y el poco que hay, cruel. Poco más puedo decir.

Viendo tu trayectoria parece que has encontrado tu espacio dentro del panorama artístico de Barcelona, con exposiciones no sólo en la Galería Joan Prats, sino en otros espacios como Fabra i Coats o la Fundación Arranz Bravo. ¿Cómo es el panorama artístico en este contexto? ¿qué oportunidades te ofrece?

Creo que mi lugar como artista en Barcelona cada día está más en el aire. El panorama artístico de la ciudad tiene una línea muy clara respecto a aquellas convocatorias a las que uno debe presentarse —y ganar— para ser considerado un artista. Todo son requisitos y al mismo tiempo limitaciones: procedencia, edad y tipo de proyecto. Por suerte me da la sensación de que esta dinámica empieza a cambiar y que las instituciones empiezan a abrirse. Aunque sí es cierto que hay oportunidades para los artistas jóvenes, el contexto general es precario, abusivo y endogámico.

Pese a ser una capital considerada como «cosmopolita», los artistas residentes no tenemos ningún peso en el circuito internacional. Creo que esto se debe a que se han dedicado más esfuerzos —sobre todo institucionales— a la proyección del diseño en pro al turismo que a la difusión del arte y de la cultura más allá de nuestras fronteras. Tampoco entiendo el desinterés de la prensa, focalizada tan solo en lo que sucede en Madrid, ni su falta de crítica en términos generales. En cualquier caso, esto genera que el público que va a las exposiciones sea muy limitado: de hecho, solemos ir los mismos que producimos. Más que un circuito artístico, parece el corro de la patata.

A favor de Barcelona, debo decir que lo bueno del panorama de aquí es la buena relación y de apoyo mutuo que tenemos entre los artistas, como en cualquier pueblo todos nos conocemos y todos sabemos un poco de todos.

Aunque hay oportunidades para los artistas jóvenes, el contexto general de Barcelona es precario, abusivo y endogámico.

Pablo del Pozo. Sin título (filtro amarillo) 2018. Pastel sobre papel japonés.
© Pablo del Pozo. Sin título (Filtro amarillo), 2018. Pastel sobre papel japonés. 95 x 65 cm


¿Cómo ves la situación del arte contemporáneo en Extremadura? ¿Hay algún espacio en el que te gustaría mostrar tu trabajo?

Sinceramente, la veo jodida. Ya no vivo en Extremadura, por lo que mi visión puede que no sea del todo objetiva. Mal que me pese, lo entiendo, ya que es una de las comunidades autónomas más pobres de este país y, por ende, siempre apremiará más la necesidad de alimentar el estómago que destinar fondos a la cultura.

Y sí, claro me gustaría poder exponer algún día en Badajoz. Sigo la actividad de la Galería Ángeles Baños y no me importaría montar una individual, como tampoco que alguna de mis obras llegue a formar parte de las colecciones del MEIAC y de la Fundación Helga de Alvear. Aunque todo esto, tiempo al tiempo.

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